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Todas las traiciones de un príncipe, Andrés de Inglaterra, que jugó y se quemó como espía de Epstein

A Andrés Mountbatten-Windsor podría encajarle como un guante una de las más famosas frases lapidarias atribuidas al VI duque de La Rochefoucauld, célebre escritor y aristócrata francés del siglo XVII: «Más traiciones se cometen por debilidad que por un propósito firme de hacer traición». El caso es que, detrás de esa etérea sospecha de «mala conducta en cargo público» por la que quien fuera hijo favorito de la reina Isabel II ha sumado un arresto policial en su interminable caída a los infiernos, lo que se investiga es algo tan grave como un posible delito continuado nada menos que de alta traición. Al Reino Unido, que es lo mismo que decir a la Corona, por más que el protagonista fuera hasta hace pocos años uno de sus miembros más preeminentes. De ahí que, a toda la sordidez que empaña la biografía del ex príncipe Andrés por su compadreo con el empresario pedófilo Jeffrey Epstein, con acusaciones de abusos a menores incluidas, se una ahora la mancha de la infamia y el deshonor, que son todavía hoy rasgos de particular deshonra para cualquiera que haya nacido en el seno de una dinastía reinante en la Vieja Europa.

Aquella Ley de Traición aprobada por el Parlamento de Inglaterra en el siglo XIV que codificaba por primera vez todas las conductas que suponían deslealtad al Soberano, con sus sucesivas actualizaciones y enmiendas hasta el presente, recobra toda su fuerza en el imaginario colectivo. Y es que la ciudadanía británica no se cura de espanto y añade a las sombras de depredador sexual y de beneficiario a lo largo de las décadas de no pocas presuntas corruptelas al calor de sus amistades peligrosas que ya se cernían sobre el hermano del actual rey, las que vendrían a apuntalar las sospechas que también le rodeaban de prevaricador de manual.

Porque de la última tacada de archivos recientemente desclasificados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos se desprende que el duque de York envió a Epstein documentos confidenciales del Gobierno británico relacionados con los viajes oficiales que el entonces todavía príncipe realizó a destinos como Hong Kong, Vietnam o Singapur. La documentación sugiere que el empresario organizó encuentros privados, viajes y presentaciones aprovechándose de las conexiones del hijo de la reina, quien se aprovechó de su cargo, contactos e influencia en beneficio propio.

Incluso uno de los reportes que forman parte ahora de la investigación policial en marcha está fechado en la Nochebuena de 2010, cuando Andrés de Inglaterra facilitó al financiero datos sensibles sobre inversiones en Helmand (Afganistán). El estadounidense llevaba bajo el cerco judicial desde hacía años, y en 2008 había sido ya condenado por solicitar servicios de prostitución a una menor. Nada de ello fue obstáculo para que Epstein mantuviera una estrechísima relación en años posteriores con una interminable red de destacadas personalidades de la política, la realeza, la comunicación, la empresa y el espectáculo de todo el mundo, incluido Andrés. De aquel mismo 2010, meses antes de las Navidades, es el intercambio de correos electrónicos que acaban de ver la luz en el que el financiero invitaba al miembro de los Windsor a conocer a una «amiga» para cenar en Londres. Andrés le respondió que estaría «encantado de verla» y pidió a Epstein que le transmitiera los datos de contacto de la «rusa de 26 años, hermosa y confiable», como aparece descrita. En total, son hasta 1.821 menciones al hermano de Carlos III en los explosivos documentos desclasificados.

Si el hijo de la reina llegó a ser capaz, como parece, de traicionar a la Corona y a la patria filtrando a su interlocutor documentos secretos, como si de un auténtico espía de Epstein en Londres se tratara, el tiempo dirá a cambio de qué lo hizo. Inevitablemente, los británicos especulan ya tanto con la ambición económica de un príncipe enfangado en el lodo de la pura corrupción, como con el fácil chantaje de un Epstein en posesión de tantas fotos comprometedoras de Andrés que acabarían saliendo a la luz años después, condenándole a la defenestración. Entre ellas, las instantáneas con Virginia Giuffre, la mujer que le acusó de abuso sexual. O las más recientes -de hace unos 25 años- en las que aparece arrodillado en el suelo junto a una mujer que yace a su lado con semblante lascivo.

Claro que el profundo escándalo que produce la detención de quien durante muchos años fue el segundo en la línea de sucesión al trono de Londres, no oculta el cinismo y la clara voluntad de la élite británica por hacer la vista gorda con Andrés de Inglaterra hasta que el asunto explotó como la mayor bomba para la Monarquía en la era moderna. Y es que hoy no cabe sino preguntarse hacia qué lado miraron los responsables políticos del país cuando, en verano de 2011, el Palacio de Buckingham confirmó que el príncipe abandonaba su cargo de representante especial del Reino Unido para Comercio e Inversión.

Trayectoria controvertida

Faltaban aún varios años para que Giuffre implicara al duque de York en sus propias experiencias como víctima del tráfico sexual por parte de Epstein. Y, sin embargo, detrás de aquel castigo a Andrés de 2011 ya estaban casi todos los ingredientes que definirían al personaje. Los medios llevaban mucho tiempo criticándole por su amistad con figuras tan controvertidas como Saif Gadafi, hijo del presidente libio Muamar Gadafi, Timor Kulibayev, hijastro del presidente de Kazajstán, Nursultan Nazarbayev, quien le compró su residencia en Sunninghill Park por 15 millones de libras (17 millones de euros), tres millones de libras más respecto al precio fijado en 2007 -uno de tantos pelotazos del príncipe-, o el mismo empresario pedófilo. Y, con todo, el primer ministro de entonces, David Cameron, con ese tipo de actitudes cortesanas que tanto daño hacen a una institución como la Monarquía, que sólo puede sobrevivir abrazando la más absoluta ejemplaridad, le ofreció, hasta que no quedó más remedio que dejar caer al duque, su pleno respaldo, agradeciéndole su «gran contribución en la última década al comercio británico». Se daba así alas al hijo de la reina para sentirse totalmente impune e insistir en sus fechorías. Cómo nos suena la historia en España, por desgracia. Cambien el «la ley es igual para todos» por «la ley debe seguir su curso» pronunciado ayer por Carlos III.

Andrés, junto a Virginia Giuffre y Ghislaine Maxwell.
Andrés, junto a Virginia Giuffre y Ghislaine Maxwell.AFP

La Corona británica vivía en aquel 2011 un momento muy dulce de popularidad. Al extraordinario apoyo que concitó hasta su muerte Isabel II se unía por entonces el encantamiento generalizado provocado por la boda de Guillermo y Kate Middleton, vistos como la perfecta savia nueva para revigorizar la institución. Así, ante escándalos como los que ya afectaban a Andrés, todos preferían imitar al avestruz. Pero el estado de ánimo del pueblo es pendular. Y, en este febrero del 2026, una de las preguntas que más se repiten en el Reino Unido es ¿desde cuándo sabía la familia real de los tejemanejes de Andrés y qué nivel de conocimiento tenían de los mismos?

El congresista demócrata de EEUU, Ro Khanna, uno de los promotores de la ley que ha permitido a varios miembros de la Cámara de Representantes acceder al material que el FBI ha recopilado durante años de Epstein, se mostró apocalíptico hace unos días cuando dijo: «Puede ser el fin de la Monarquía británica». Cuesta pensar en que una institución milenaria, marca y clave de bóveda tan incrustada en la idiosincrasia del Reino Unido, pueda caer por el caso Epstein. Pero no deja de ser muy inquietante, sin duda, que ya no estamos sólo ante turbios asuntos de naturaleza sexual, sino también ante la corrosiva mancha de aceite de la corrupción en las alfombras palaciegas. Y, toda vez que Carlos III ya ha despojado a su hermano de todos sus títulos y honores, y hasta de la dignidad principesca -si bien le sigue dando cobijo en una de sus residencias-, poco más puede hacer para enfrentar el vendaval.

Hay encuestas que sitúan la popularidad de la Monarquía hoy en el 45%, el nivel más bajo de su historia reciente. En realidad, lo único que puede ayudar en el actual estado de cosas es que los británicos perciban una justicia implacable contra Andrés. Todo príncipe sabe que no hay delito más imperdonable en alguien cercano al trono que el de traición. Y él traicionó hace demasiado a todo lo que en el siglo XXI representa y sigue dando sentido a la pervivencia de la Corona.

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