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Opinión///El Petróleo en Venezuela sirve para todo

Hay frases que dicen más que informes económicos enteros. Esas que circulan por las calles, en los grupos de WhatsApp, en las colas interminables para surtir gasolina, no requieren de autor ni de institución alguna; nacieron del pueblo y les pertenecen al pueblo: el petróleo en Venezuela sirve para todo, menos para que los venezolanos vivan económicamente bien.

Es una frase fuerte y contundente, casi poética en su crudeza, que pone en duda lo que pueda anunciar cualquier informe del BCV (que no existe) o cualquier anuncio presidencial. Porque esa frase encierra la experiencia de millones de personas que han visto como su país se llena de anuncios triunfales sobre crudo, reservas, inversiones millonarias y acuerdos internacionales, mientras en casa la nevera sigue vacía, la factura de electricidad llega impagable y el salario (si es que todavía se puede hablar de salario), ya no alcanza para nada.

El petróleo en Venezuela ha servido para construir avenidas que hoy están llenas de huecos, ha servido para financiar programas sociales que en otrora funcionaron, ha servido para negociar con potencias extranjeras, para sostener alianzas geopolíticas, para comprar lealtades y para generar divisas que, paradójicamente, nunca llegan a las manos de quienes más las necesitan, ha servido para alimentar toritos financieros, para mantener sistemas de privilegio, para comprar silencio mediático y para financiar campañas de desinformación, que presentan al país como una potencia energética emergente, mientras la gente lucha por obtener gas para cocinar.

Lo único para lo que no ha servido el petróleo patrio, es para que los venezolanos vivan económicamente bien. Y ésta no es una conclusión mía; es el resultado de décadas de realidades tangibles. El crecimiento económico que se anuncia en porcentajes espectaculares no se traduce en mejoras concretas. Los ingresos petroleros, cuantiosos sobre el papel, desaparecen en una niebla de opacidad que ningún auditor independiente ha logrado disipar.

La ironía es brutal, Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, más que Arabia Saudita, más que Irán, más que Canadá. Ese reconocimiento internacional debería ser motivo de orgullo colectivo, pero el orgullo no surte los estantes de las farmacias, no mantiene encendida la luz de una casa y no pone comida sobre la mesa de una familia que tuvo que emigrar porque no vio futuro.

Y aquí está el verdadero cáncer: no es sólo que el petróleo no beneficie a los ciudadanos, es que existe todo un aparato diseñado para hacer creer lo contrario. Cada vez que PDVSA o el gobierno, anuncia un aumento de producción, se multiplican las publicaciones oficiales en sus redes sociales celebrando el «éxito». Cada memorando firmado con empresas extranjeras se convierte en motivo de desfile mediático, cada cifra se repite hasta el cansancio, hasta convertirse en una realidad percibida y es cuando el venezolano promedio termina preguntándose: ¿Y dónde está el beneficio?, porque la realidad sigue siendo la misma o hasta peor que la semana anterior.

Cuando la diferencia entre lo que se cuenta y lo que se vive es demasiado grande, la gente no necesariamente se rebela; a veces simplemente se desconecta, pierde la capacidad de reaccionar, normaliza lo anormal, acepta lo inaceptable porque ya se cansó de luchar contra una narrativa que nunca coincide con su realidad.

Pero hay algo que ninguna campaña de desinformación puede borrar: la memoria de un pueblo que sabe lo que significa vivir en un país rico rodeado de pobreza. Que entiende, en su interior, que el petróleo sí genera riqueza (porque eso es innegable), pero que esa riqueza nunca llega. Esa comprensión no necesita estudios económicos ni informes técnicos; nace de la experiencia cotidiana, de ver pasar tanqueros cargados, de escuchar sobre facturaciones millonarias, de sentir la agonía de un apagón de 14 horas.

El petróleo en Venezuela sirve para todo: Para alimentar maquinarias políticas, para sostener estructuras de poder, para comprimir narrativas de prosperidad, para financiar diplomacias agresivas y/o para crear ilusiones de abundancia en medio del desierto. Pero para que los venezolanos vivan económicamente bien… todavía no ha servido para nada. Y mientras esa situación persista, la frase seguirá siendo una verdad popular, incómoda, inevitable e innegable, que ningún memorando firmado con empresas extranjeras podrá jamás cambiar. Clamemos a Dios por un mejor futuro. Amén.

Abg. Clemente Gómez.
Conferencista.
Profesor Universitario.
Septiembre 2026.

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